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What the hell does velador mean? I'm reading Ojos de perro azul by Garcia Marquez and this word is in there 50 times. What the does it mean?

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Entonces me mir?. Yo cre?a que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detr?s del velador y yo segu?a sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprend? que era yo quien la miraba por primera vez. Encend? un cigarrillo. Tragu? el humo ?spero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibr?ndolo sobre una de las patas posteriores. Despu?s de eso la vi ah?, como hab?a estado todas las noches, parada junto al velador, mir?ndome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada m?s que eso: mirarnos. Yo mir?ndola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mir?ndome. Le ve?a los p?rpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando record? lo de siempre, cuando le dije: ?Ojos de perro azul?. Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: ?Eso. Ya no lo olvidaremos nunca?. Sali? de la ?rbita suspirando: ?Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes?.

 

La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mir?ndome ahora al final de una ida y vuelta de luz matem?tica. La vi seguir mir?ndome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mir?ndome mientras abr?a la cajita enchapada de n?car rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acab? de hacerlo, cerr? la cajita y volvi? a ponerse en pie y camin? de nuevo hacia el velador, diciendo: ?Temo que alguien sue?e con esta habitaci?n y me revuelva mis cosas?; y tendi? sobre la llama la misma mano larga y tr?mula que hab?a estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: ?No sientes el fr?o?. Y yo le dije: ?A veces?. Y ella me dijo: ?Debes sentirlo ahora?. Y entonces comprend? por qu? no hab?a podido estar solo en el asiento. Era el fr?o lo que me daba la certeza de mi soledad. ?Ahora lo siento ?dije?. Y es raro, porque la noche est? quieta. Tal vez se me ha rodado la s?bana?. Ella no respondi?. Empez? otra vez a moverse hacia el espejo y volv? a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sab?a lo que estaba haciendo. Sab?a que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que hab?an tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que hab?an tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que tambi?n hab?a tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ?antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta? hasta los labios que estaban ahora untados de carm?n, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo ve?a, frente a m?, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la ve?a a ella ?sentada a mis espaldas?, pero imagin?ndola d?nde estar?a si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. ?Te veo?, le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Despu?s la vi bajar los p?rpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpi?o, sin hablar. Y yo volv? a decirle: ?Te veo?. Y ella volvi? a levantar los ojos desde su corpi?o. ?Es imposible?, dijo. Yo pregunt? por qu?. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpi?o: ?Porque tienes la cara vuelta hacia la pared?. Entonces yo hice girar el asiento. Ten?a el cigarrillo apretado en la boca. Cuando qued? frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora ten?a las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, as?ndose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. ?Creo que me voy a enfriar ?dijo?. Esta debe ser una ciudad helada?. Volvi? el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvi? repentinamente triste. ?Haz algo contra eso?, dije. Y ella empez? a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpi?o. Le dije: ?Voy a voltearme contra la pared?. Ella dijo: ?No. De todos modos me ver?s, como me viste cuando estabas de espaldas?. Y no hab?a acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lami?ndole la larga piel de cobre. ?Siempre hab?a querido verte as?, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos?. Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se hab?an vuelto torpes frente a su desnudez, ella se qued? inm?vil, calent?ndose en la ?rbita del velador, y dijo: ?A veces creo que soy met?lica?. Guard? silencio un instante. La posici?n de las manos sobre la llama vari? levemente. Yo dije: ?A veces, en otros sue?os, he cre?do que no eres sino una estatuilla de bronce en el rinc?n de alg?n museo. Tal vez por eso sientes fr?o?. Y ella dijo: ?A veces, cuando me duermo sobre el coraz?n, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una l?mina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera as? como t? dices: de metal laminado?. Se acerc? m?s al velador. ?Me habr?a gustado o?rte?, dije. Y ella dijo: ?Si alguna vez nos encontramos pon el o?do en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oir?s resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez?. La o? respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante a?os no hab?a hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al trav?s de esa frase identificadora. ?Ojos de perro azul?. Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la ?nica persona que habr?a podido entenderla:

 

?Yo soy la que llega a tus sue?os todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul?. Y dijo que iba a los restaurantes y les dec?a a los mozos, antes de ordenar el pedido: ?Ojos de perro azul?. Pero los mozos le hac?an una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sue?os. Despu?s escrib?a en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: ?Ojos de perro azul?. Y en los cristales empa?ados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios p?blicos, escrib?a con el ?ndice: ?Ojos de perro azul?. Dijo que una vez lleg? a una droguer?a y advirti? el mismo olor que hab?a sentido en su habitaci?n una noche, despu?s de haber so?ado conmigo. ?Debe estar cerca?, pens?, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguer?a. Entonces se acerc? al dependiente y le dijo ?Siempre sue?o con un hombre que me dice: ?Ojos de perro azul??. Y dijo que el vendedor la hab?a mirado a los ojos y le dijo: ?En realidad, se?orita, usted tiene los ojos as??. Y ella le dijo: ?Necesito encontrar al hombre que me dijo en sue?os eso mismo?. Y el vendedor se ech? a re?r y se movi? hacia el otro lado del mostrador. Ella sigui? viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abri? la cartera y se arrodill? y escribi? sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carm?n para labios: ?Ojos de perro azul?. El vendedor regres? de donde estaba. Le dijo: ?Se?orita, usted ha manchado el embaldosado?. Le entreg? un trapo h?medo, diciendo: ?L?mpielo?. Y ella dijo, todav?a junto al velador, que pas? toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: ?Ojos de perro azul?, hasta cuando la gentes se congreg? en la puerta y dijo que estaba loca.

 

Ahora, cuando acab? de hablar, yo segu?a en el rinc?n, sentado, haciendo equilibrio en la silla. ?Yo trato de acordarme todos los d?as la frase con que debo encontrarte ?dije? . Ahora creo que ma?ana no lo olvidar?. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cu?les son las palabras con que puedo encontrarte?. Y ella dijo: ?T? mismo las inventaste desde el primer d?a?. Y yo le dije: ?Las invent? porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la ma?ana siguiente . Y ella, con los pu?os cerrados junto al velador, respir? hondo: ?Si por lo menos pudiera recordar ahora en qu? ciudad lo he estado escribiendo?.

 

Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. ?Me gustar?a tocarte ahora?, dije. Ella levant? el rostro que hab?a estado mirando la lumbre: levant? la mirada ardiendo, as?ndose tambi?n como ella, como sus manos: y yo sent? que me vio, en el rinc?n, donde segu?a sentado, meci?ndome en el asiento. ?Nunca me hab?as dicho eso?, dijo. ?Ahora lo digo y es verdad?, dije. Al otro lado del velador ella pidi? un cigarrillo. La colilla hab?a desaparecido de entre mis dedos. Hab?a olvidado que estaba fumando. Dijo: ?No s? por qu? no puedo recordar d?nde lo he escrito?. Y yo le dije: ?Por lo mismo que yo no podr? recordar ma?ana las palabras?. Y ella dijo, triste: ?No. Es que a veces creo que eso tambi?n lo he so?ado?. Me puse en pie y camin? hacia el velador. Ella estaba un poco m?s all?, y yo segu?a caminando, con los cigarrillos y los f?sforos en la mano, que no pasar?a el velador. Le tend? el cigarrillo. Ella lo apret? entre los labios y se inclin? para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el f?sforo. ?En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: ?Ojos de perro azul? dije?. Si ma?ana las recordara ir?a a buscarte?. Ella levant? otra vez la cabeza y ten?a ya la brasa encendida en los labios. ?Ojos de perro azul?, suspir?, recordando, con el cigarrillo ca?do sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspir? despu?s el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclam?: ?Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor?. Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo le?a: ?Estoy entrando ?y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el ?ndice, d?ndole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ? ...en calor?, antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. ?As? es mejor ?dije?. A veces me da miedo verte as?. Temblando junto al velador?.

 

Nos ve?amos desde hac?a varios a?os. A veces, cuando ya est?bamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despert?bamos. Poco a poco hab?amos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos m?s simples. Nuestros encuentros terminaban siempre as?, con el caer de una cucharita en la madrugada.

 

Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes tambi?n me hab?a mirado as?, desde aquel remoto sue?o en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y qued? frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sue?o en el que le pregunt? por primera vez: ??Qui?n es usted??. Y ella me dijo: ?No lo recuerdo?. Yo le dije: ?Pero creo que nos hemos visto antes?. Y ella dijo, indiferente: ?Creo que alguna vez so?? con usted, con este mismo cuarto?. Y yo le dije: ?Eso es. Ya empiezo a recordarlo?. Y ella dijo: ?Qu? curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sue?os?.

 

Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todav?a parado frente al velador cuando me qued? mir?ndola de pronto. La mir? de arriba abajo y todav?a era de cobre; pero no ya de metal duro y fr?o, sino de cobre amarillo, blando, maleable. ?Me gustar?a tocarte?, volv?a a decir. Y ella dijo: ?Lo echar?as todo a perder ?volvi? a decir, antes que yo pudiera tocarla?. Tal vez, si das la vuelta por detr?s del velador, despertar?amos sobresaltados qui?n sabe en qu? parte del mundo?. Pero yo insist?: ?No importa?. Y ella dijo: ?Si di?ramos vuelta a la almohada, volver?amos a encontrarnos. Pero t?, cuando despiertes, lo habr?s olvidado?. Empec? a moverme hacia el rinc?n. Ella qued? atr?s, calent?ndose las manos sobre la llama. Y todav?a no estaba yo junto al asiento cuando le o? decir a mis espaldas: ?Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardi?ndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: ?Ojos de perro azul??.

 

Entonces yo me qued? con la cara contra la pared. ?Ya est? amaneciendo ?dije sin mirarla?. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato?. Yo me dirig? hacia la puerta. Cuando ten?a agarrada la manivela, o? otra vez su voz igual, invariable: ?No abras esa puerta ?dijo?. El corredor est? lleno de sue?os dif?ciles?. Y yo le dije: ?C?mo lo sabes??. Y ella me dijo: ?Porque hace un momento estuve all? y tuve que regresar cuando descubr? que estaba dormida sobre el coraz?n?. Yo ten?a la puerta entreabierta. Mov? un poco la hoja y un airecillo fr?o y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo h?medo. Ella habl? otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todav?a la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: ?Creo que no hay ning?n corredor aqu? afuera. Siento el olor del campo?. Y ella, un poco lejana ya, me dijo: ?Conozco esto m?s que t?. Lo que pasa es que all? afuera est? una mujer so?ando con el campo?. Se cruz? de brazos sobre la llama. Sigui? hablando: ?Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad?. Yo recordaba haber visto la mujer en alg?n sue?o anterior, pero sab?a, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora deb?a bajar al desayuno. Y dije: ?De todos modos, tengo que salir de aqu? para despertar?.

 

Afuera el viento alete? un instante, se qued? quieto despu?s y se oy? la respiraci?n de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendi?. Ya no hubo m?s olores. ?Ma?ana te reconocer? por eso ?dije?. Te reconocer? cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: ?Ojos de perro azul??. Y ella, con una sonrisa triste ?que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable?, dijo: ?Sin embargo no recordar?s nada durante el d?a?. Y volvi? a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: ?Eres el ?nico hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha so?ado?.

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